Listen to the music

Este país mejoraría si la signatura de música estuviera bien planteada. Me explico:

¿Alguien se acuerda de sus libros de música del cole? Lo único que recuerdo era que se tocaba la flauta, te enseñaban rudimentos de lectura musical (pero no pocos se apuntaban las notas “con letra” debajo, vamos, que no leías partituras), y que hacías un trabajo sobre una época musical de la que apenas volví a oír hablar.¡Ah! Recuerdo perfectamente la disposición de los instrumentos de una orquesta.

Pero también recuerdo que mis libros hablaban de los Beatles, de Dizzy Gillespie y de otros musicazos más cercanos, y también más apetecibles, que Mozart y compañía. Y ningún profesor me habló de ellos. Paradójicamente tampoco recuerdo que ningún profesor me pusiera música en clase de eso, música, a excepción de el ejemplo de la cancioncita a tocar con la flauta, que lo de tocarla era cosa alumnos, claro.

Todo esto lleva, en mi opinión, a que la gente no tenga ni idea de música. Y su única cultura musical sea la que tenga cercana: la que se oye en casa, por ejemplo. Y si en su casa se oye sólo la radio, pues el españolito de turno apreciará lo que le ponen por la radio.

Luego resulta sorprendente que los bebekás y demás festivales lo peten. Venden entradas a cascoporro y programan a grupos que jamás sonarán en la radio o la tele. Con suerte de fondo en algún anuncio. Pero oye, mira si hay festivales. La cosa no irá mal.

Error. Esa gente es minoría.

Todos esos que rebuscan, que no escuchan lo de siempre, que se plantean cosas nuevas porque, creo, tienen un criterio musical diferente, basado en una educación previa no son-somos-la mayoría de este país. Y creo que esa es la gente que, además de la música, puede plantearse otras cosas, como un cambio político.

Por contra, el españolito que sigue escuchando los cuarenta principenes y demás, con sus carreras y estudios ¿eh?, seguirá tragando lo de siempre, creyendo lo que le dicen, y votando sin mayor miramiento.

Quizá en la música esté el cambio. Y si no, pues no.

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Hasta a vista, baby.

No nos gusta despedirnos. Y mira que hay despedidas y despedidas, pero casi ninguna nos gusta.

Tienes al ligón nocturno, que se despide triunfador pero sabe que por ahora se le acaba el mambo. Es casi como esa parejita que acaba de conocerse y que apenas acaban de quedar, que se despiden a la luz de una farola, protegidos por el quicio de un portal, y al separarse cuentan las horas para el próximo encuentro, o directamente le roban horas al sueño para alargar la despedida, que acaba pidiendo un bis.

Otras despedidas son más intermedias: La de esa persona que fuiste a visitar al extranjero con la que al decir adiós piensas “otra vez será”, o los adiós que son como un billete con la vuelta abierta, en los que ya veremos cuando volvemos. A veces decir adiós es una auténtica liberación, sólo que cuesta darse cuenta.

Nos gusta tan poco despedirnos que a veces hasta hacemos mutis por el foro y el silencio de radio se convierte en una despedida implícita. Unas veces será por cobardía, otras simplemente por evitar el mal trago de convertir un quizá-ya si eso-el tiempo dirá, en un adiós que pincha como las agujas de tatuar, porque también marca.

Pero es de caballeros el decir adiós, como de escritores cerrar historias, y no dejar a nadie colgado con ese piii monofónico de los teléfonos fijos que ya ni usamos, porque sólo el sabe decir bien adiós es capaz de volver a decir hola sin miedo.

Au revoir, farewell, auf wiedersehen, goodbye!

 

pic_headphone_165Hello, goodbye– The Beatles

Como Goku

Que idiotas estos humanos, se empeñan en querer lo que no tienen, en recordar lo que perdieron, y en imaginar lo que podrían ser.

Deberían aprender de mí, que al rubio este no le veo el pelo, pero cada vez que viene tiemblo emoción, y cuando se va, bueno, la verdad es que ni siquiera me importa cuando se va.

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Reciprocidad

Es una palabra feísima, con esas erres tan sonoras, pero su significado es genial. Mucho mejor que el de otras más bonitas como la típica: “amor”. Y es que no hay amor si no hay reciprocidad. Desde las miradas hasta los besos, porque uno no besa bien, son dos los que se besan bien.

La amistad es mejor con reciprocidad, el me acuerdo de ti a la vez que tu te has acordado de mí. Es lo que hace que te vayas de viaje con esas personas con las que casi ni hablas, lo que os hace especiales. Incluso el odio es mejor si es recíproco, porque así son los antagonistas, los héroes y villanos; un odio a medias lleva al desasosiego de no entender y no poder preguntar.

La falta de reciprocidad es mejor que nada, porque es lo normal, el día de día de las relaciones, no como la falta de amor o la falta de cariño que tanto hace sufrir a los corazones románticos; pero su presencia es la que de verdad nos hace sonreír y lo bueno es que no suele ser difícil encontrarla si uno se quita la careta y está dispuesto a ser sincero con quienes le rodean.

Es por lo tanto la igualdad en el sentimiento, en el pensamiento, la profunda o a veces extraña conexión, la que de verdad nos une a algunas personas: en el sopor de la cola del súper, en una sincera pero intermitente amistad, o en el más feliz de los matrimonios.

Hoy o cualquier día.

Nos encanta celebrar y poner días a las cosas. El día de la mujer ¿de verdad hacía falta?

¿Y qué día no es el día de la mujer? Me gusta pensar que soy de ese pequeño porcentaje que, además de ser daltónico, te deja pasar primero por la puerta-una sutil y elegante manera de quedar bien a la vez que os echamos un vistazo-le gusta pagar la cuenta si la cena ha sido divertida y te acerca a casa por la mañana aunque no tenga intención de repetir.

Un chaval deja de serlo el día que comprende que todas, absolutamente todas las mujeres, se la liarán el algún momento de su vida. No es algo malo, simplemente es así. Todas la mujeres sois perfectas cuando estamos enamorados y nos olvidamos de ese detalle, pero no importa, nosotros también tenemos lo nuestro. Y estamos dulcemente condenados a entendernos, porque os necesitamos tanto como nos necesitáis.

Así que me da igual que hoy sea el día de la mujer; no me hacen falta excusas para comprarle un ramo de flores a mi madre, ir a visitar a mi abuela o echar la tarde en las barquitas del retiro mientras te veo sonreír o te cuento las pecas. Cualquier día es el día de la mujer, y ese día también es el del hombre que está con ella.