El club

Le decía esta mañana un amigo a otro que le ayudara a rehacer su vida, que estaba harto de cometer el Error otra vez, que no quería acabar siendo el típico cincuentón que se dedica a llevarse veinteañeras tontitas a casa. El tercero en discordia comentaba que así estamos unos cuantos, y que quizá deberíamos organizar copas los sábados con diferentes grupos de chavalas. Claro, como lo que hacíamos hace ya casi diez años.

¿Será posible? ¿Acaso esta panda de crápulas nos estamos volviendo mayores? Será que ya no nos hace tanta gracia la noche, que cada vez nos apetece más despertar al lado de la misma cara conocida, follar con calma y no casi por compromiso, dar una vuelta por el parque de la mano y decir, y que te digan, un te quiero.

Yo me abstuve de comentar y me fui a sacar al perro. A nadie le hizo falta decir que el problema de este triste club que formamos, nuestro denominador común, es que nunca vamos a encontrar a nadie si no dejamos de buscar al mismo alguien que, por una razón o por otra, ya perdimos hace tiempo.

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