D-Day 70th anniversary

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Tienes cara de matar mal y mucho.

No son pocos los kilómetros de Madrid a Normandía, una costa del norte de Francia que no diría mucho si no fuera por el acontecimiento histórico que cambió el rumbo del sigo XX. El desembarco de Normandía, la operación Overlord, en la que las fuerzas aliadas invadieron la Europa ocupada camino a Berlín el 6 de junio de 1944.

Y allí que fuimos trece hombres a revivir la historia.

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Son curiosos los pensamientos que pasan por la cabeza de uno: Una mezcla de diversión y tristeza, de orgullo al oír los aplausos de la gente mientras desembarcas como un Commando en la playa de Gold o asaltas por sorpresa el puente Pegaso como si fueras un paracaidista y de tristeza al visitar los monumentos a los caídos. Es duro imaginar que allí luchó y murió gente, y que si hubieras sido tu hace setenta años habrías disparado por tu vida y por la de los tuyos. ¿Que pensó el vigía alemán al ver toda la flota aliada salir de entre la bruma? ¿Que diría el tirador de ametralladora al escuchar caer los planeadores, sin previo aviso, a cincuenta metros de su puesto?

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Al final casi no lo piensas. Entras en el juego de la recreación, te dejas llevar por el poder de los uniformes, los vítores de el resto de turistas, el sudor y cansancio acumulados, como de soldados reales, el peso del equipo y el fusil, la necesidad de una ducha y una mujer.

Y ya de vuelta, despertando en algún lugar de una carretera entre Normandía y Madrid, saliendo de este sueño de viaje, ves un campo lleno de amapolas rojas, poppies, y te vuelves a acordar de aquella vez en una trinchera de Ypres…

Picture by Jamie Peters

Picture by Jamie Peters

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Un tren en las Castellana

Según pasan los años y las historias, no es difícil recorrer Madrid, o cualquier otra ciudad, y ver fotografías mentales de momentos, recordar situaciones, unas mejores y otras peores.

No puedo evitar la sensación amarga al pasar por Príncipe Pío, una estación en la que ya he dejado marchar más de un tren. Ni levantar la vista a cierta altura de la Castellana, esperando ver, con una mezcla de miedo e ilusión, cierta cara conocida.

Lo que nunca esperas es ver, al pasar la zona de peligro, ese tren al que no quisiste subir. Y entonces saludas de lejos, medio sonríes, y sigues tu camino; porque al final la vida en mi ciudad es eso, caminos que se repiten, historias de las que sólo guardas fotografías y recuerdos, mejores o peores, que hacen que te abras un blog.

Kamikaze ciclista

Es intensa la sensación de velocidad subido en la bici, pedaleando solo por la calle en la madrugada el domingo, alcanzando velocidades de vértigo para las estrechitas ruedasde la montura. En ese momento pareces el rey de la calle, hasta que se te ata el cordón de la zapatilla al pedal, y por un momento te ves en el suelo, tirado y sin ayuda. Entonces aprendes que la intensidad que mola puede no salirte barata, y que cada vez que te encisques con la burra no podrás de dejar de pensar que el golpe puede ser majo.

Una vez me pasó lo mismo con el amor. La sensación de velocidad la disfruté como nunca me había pasado, pero el miedo a caerme me azotaba todas las noches al dormir. Y eso era tan bueno como malo.

Me caí claro.

Quizá ahora por eso ahora en la bici llevo lucecitas, y casco, y bandas reflectantes. Todavía soy un poco kamikaze pero ahora ando con cuidado.

Hasta a vista, baby.

No nos gusta despedirnos. Y mira que hay despedidas y despedidas, pero casi ninguna nos gusta.

Tienes al ligón nocturno, que se despide triunfador pero sabe que por ahora se le acaba el mambo. Es casi como esa parejita que acaba de conocerse y que apenas acaban de quedar, que se despiden a la luz de una farola, protegidos por el quicio de un portal, y al separarse cuentan las horas para el próximo encuentro, o directamente le roban horas al sueño para alargar la despedida, que acaba pidiendo un bis.

Otras despedidas son más intermedias: La de esa persona que fuiste a visitar al extranjero con la que al decir adiós piensas “otra vez será”, o los adiós que son como un billete con la vuelta abierta, en los que ya veremos cuando volvemos. A veces decir adiós es una auténtica liberación, sólo que cuesta darse cuenta.

Nos gusta tan poco despedirnos que a veces hasta hacemos mutis por el foro y el silencio de radio se convierte en una despedida implícita. Unas veces será por cobardía, otras simplemente por evitar el mal trago de convertir un quizá-ya si eso-el tiempo dirá, en un adiós que pincha como las agujas de tatuar, porque también marca.

Pero es de caballeros el decir adiós, como de escritores cerrar historias, y no dejar a nadie colgado con ese piii monofónico de los teléfonos fijos que ya ni usamos, porque sólo el sabe decir bien adiós es capaz de volver a decir hola sin miedo.

Au revoir, farewell, auf wiedersehen, goodbye!

 

pic_headphone_165Hello, goodbye– The Beatles

Suspenso

A veces, hagas lo que hagas, lo vas a hacer mal.

¿Acaso no te acuerdas de la universidad? Había una asignatura que te parecía interesante, su nombre sonaba bien, el contenido era mejor, y las prácticas de lo más entretenidas. Vamos, que estaba genial, hasta que llegaba el examen. Era entonces cuando veías las preguntas y te echabas a temblar, que qué hago yo aquí, que si esto no es lo mío, que por qué cogí esta asignatura…

Y suspendes. Vaya si suspendes.

En el último resquicio de esa cabeza que tienes sabías que iba a ser así, pero te dejaste llevar; todo iría bien hasta que llegara el examen, pero no el del profe, sino el de conciencia, ese que quizá debieras haber hecho cuando te estabas matriculando.

Así que esta vez toma algo más de apuntes y aprende, idiota, aprende, si es que puedes, pues sólo a las asignaturas no les importa que las suspendas, ellas esperan pacientemente a septiembre, todo lo contrario a las personas.

 

pic_headphone_165While my guitar gently weeps– The Beatles

El perro

Él lo odia, pero si me porto bien me da de su comida, y eso que siempre se preocupa por que no me falte de nada. Me lleva de paseo a sus parques secretos y me mira mientras juego, aunque de vez en cuando parece que no está allí, se queda mirando al infinito, por eso le pego alguna que otra patada. Luego en casa me habla, aunque no le hago caso, y le muerdo la mano hasta que se cansa y me grita, mandándome a la cama. No debe importarle mucho porque luego al rato me deja acurrucarme con él en el sofá, y me agarra y me revuelve porque sabe que me encanta.

En ocasiones se despide y me deja solo, y cuando vuelve siempre me sonríe, y me basta menear la cola un poco para que me lleve a pasear al arenero ése al lado de casa. Me pone nervioso que se ponga en el columpio con el cacharrito que no para de toquetear y pitar, me parece que se va a caer y le agarro de los pies para que se baje. A veces creo que es un poco tonto. Cuando subimos a dormir me obliga a echarme en mi cama, pero cuando se queda dormido me subo con él, y siempre me da los buenos días.

Hoy ha vuelto papá y él se ha ido, no se cuándo va a volver. El decía que no, pero alguien le va a echar de menos.¡Guau!

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pic_headphone_165 Hound dog– Elvis Presley

Primavera

Parece que el tiempo se detiene, el aire es ligero y huele diferente, el sol, indeciso, no sabe si darle gas, y sus rayos calientan esta sangre harta de invierno sin llegar a quemarla. Un parque parece el mejor sitio donde estar en una jungla de asfalto como Madrid, donde lo más parecido a la playa es que el perro te lama los pies.

Cuando era niño, los viernes así eran para mis ojos como un partido de tenis entre la ventana y el reloj, esperando el toque de campana para salir del colegio, y buscar cualquier aventura de fin de semana, como encontrar un palacio persa en mi barrio. Eso es primavera.

Primavera son esos días en los que parece que no pasa nada, pero pasa de todo. En los que te sientas con la mirada perdida en la playa de tu perro pensando en lo lejos que podrías estar de allí, urdes el perfecto el plan de ataque con tus amigos o te la juegas a cara o cruz, apostando tu sonrisa, si vas a añorar los besos que no volverán o vas a buscar unos nuevos.

Hoy hace un buen día, y te sientes caballo ganador. El tiempo podrá detenerse, pero tu sólo pararás el día que dejes de sorprenderte.