Deuteranomalía

Os juro que siempre pensé que el arcoiris estaba sobrevalorado. Cuando era pequeño lo pintaba con todos los colores de mi caja de Alpino, como todos mis compañeros, pero eso nunca se parecía a lo que veía. Yo veía un borrón de cuatro colores en el cielo.

Años después, cuando ya miras a las chicas de otra forma-aunque yo siempre fui de mirar a las chicas-alguna me dijo que tenía unos ojos muy bonitos. Con el tiempo aprendí que era la forma fácil de piropearme: “Que ojos tan bonitos tienes”. Pero nunca jamás pensé que tenía los ojos bonitos. Verdes, sin más. Solía decirme que era porque no me miro los ojos en el espejo.

Algo más mayor ya, con la edad suficiente como para querer dejar de mezclar el vino y pasar a beberlo en la copa adecuada, quise aprender a distinguir los caldos. Nunca aprendí mucho más que a disfrutar mientras los bebo, y que, me dijeran lo que me dijeran, el tinto era tinto, y los matices de color algo un poco snob, que lo importante era el sabor.

Pero no. Todo no.

Cerca de convertirme en sheriff de verdad, y no de la cocina, un tipo con bata blanca me dijo que donde yo veía un 21 había un 74.

Y adiós a ser sheriff.

Por eso el arcoiris era una tontería, los vinos todos iguales, y mis ojos…bueno, me creeré que son bonitos.

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Frío de agosto.

Yo no sé si este mes de agosto está siendo un poco raro o el raro soy yo. Madrid está tan vacía como siempre, con las calles silenciosas. Vamos a dejarlo en que está enrarecido. Será porque no siempre hace ese calor agobiante típico, el que me lleva a noches lejanas cogiendo el búho para volver de alguna juerga, asado y en manga corta. En estos días corre brisilla, soplada de un cielo nublado, y no puedo evitar pensar que ya queda poco para volver al cole, porque así recuerdo yo los días de septiembre, con zapatos nuevos y libros vírgenes. Pero claro, ya no hay vuelta al cole, ni amigos que hace casi tres meses que no ves.

Eso me trae a la memoria cuando le escribía cartas a la chica que me gustaba. Ella lo sabía, claro, se lo dije yo, pero era tan maja que me contestaba y me contaba lo bien que se lo pasaba en la playa. A día de hoy todavía me contesta cuando le escribo por Facebook, para contarle cualquier tontería, y aunque ya no me guste como antes, sigue siendo una chica muy maja.

La playa. Yo soy de esos que cuando dejó de ir con sus padres, simplemente dejó de ir. Cambiaba mis agostos en el mar por una fresquita biblioteca, o por hacer el indio en un campamento una quincena antes. Será que nunca fui un estudiante cumplidor. Eso no ha cambiado mucho, pero la foto de la biblioteca no queda bien en instagram ¿sabes?. Ahora, sería injusto negar que he vuelto a la playa gracias a alguna chica-novia-pero que ya no es lo mismo que de crío. Ponerme una camiseta y una gorra no me gusta, y me hace más gracia un polo viejuno y un sombrero de paja. ¡Joder, así recuerdo a mi abuelo en la playa! Sin embargo sigo deseando unas cangrejeras, pero no hay manera.

Aunque en realidad las cangrejeras son más de río y piedras ¿no?. Más para el pueblo. Y es que parece que lo de ir pueblo en verano ya no mola, que eso es de catetos. Pero yo nunca tuve pueblo, pues soy gato, y lo más parecido a eso era Cebreros, famoso por ser el lugar de nacimiento de Adolfo Suarez y donde aprendí yo a andar. Ahora que lo pienso, allí en agosto si que hacía fresco por las noches, y ya que sigo pensando, también entiendo por qué no mola lo de ir al pueblo. Eso molaba cuando era un crío, cuando me asalvajaba 24-7 y me movía todo el día en bici, creyéndome el puto amo porque mi abuela me había dado llaves de casa para poder entrar y salir a la hora que me diera la gana, cuando la realidad era que me volvía cuando les llegaba la hora de volver al resto de amigos. Lo echo de menos. Las aventuras de crío, el creerte lo que quisieras, ser el policía del barrio o el ninja mejor escondido en el escondite nocturno.

A lo mejor por eso me sigo moviendo en bici en este agosto enrarecido en Madrid. Que no es que esté raro yo, sino que lo que estoy es haciéndome mayor.

Yo soy el de verde. El rifle de juguete era mío y me encantaba.

Yo soy el de verde. El rifle de juguete era mío y me encantaba.

Iván y su foto

Revisando libros antiguos me encontré con una foto que usaba de marcapáginas: Con el parque de Juan Carlos I de fondo, aparecían a lo lejos Iván, con una melena larguísima y los ojos tapados, escoltado por Vicky y Mariola. En la foto tendrían diecisiete o dieciocho años. Se celebraba el cumpleaños de Iván y le íbamos a dar una sorpresa. Por aquella época yo solía llevar mi Nikon-de carrete- encima casi siempre.

De Vicky hace años que no se mucho más que lo poco que dice su Facebook. Mariola sigue tan risueña como siempre y se casó hace unas semanas. A Iván tengo la suerte de verle todos los fines de semana en La Cocina. El pone luz a mis sesiones, y fue al acabar la sesión del otro día cuando le di la foto.

Ví cómo sus recuerdos le dibujaban las facciones. Contemplaba la instantánea serio, sin saber que decir.

Quizá recordó lo que le regalamos, si es que fue algo más que nuestra presencia, o quizá pensó en Vicky, quien fuera su novia. Puede que pensara lo fácil que era nuestra vida entonces, visto en perspectiva, claro, o lo mucho que le costó dejarse el pelo tan largo.

Recuerdos, nostalgia, esas mierdas que nos gustan tanto y que lo mismo nos hacen soltar lagrimillas que esbozar sonrisas picaronas. Cosas que ya no existen más que en la memoria de unos pocos.

Ojo, que esta es época de limpiar armarios  y de ahí salen recuerdos, pequeños objetos inservibles que coleccionamos como copia de seguridad de nuestra memoria, como hitos de búsqueda en nuestro historial de sucesos vitales. Recicla o rebota.

La ilusión. ¡Escribe!

A muchos ya nos da bastante igual lo de la Navidad. Ni arbolitos, ni regalos, ni mucho menos viejos cuentos de recién nacidos sospechosamente parecidos a  otros cuentos aun mas viejos.

Para mi esto de la Navidad no es más que algo de ilusión. Y ya me hace más bien poca. Así que la poca que tengo la regalo en forma de mensajitos. Si a alguien le saco una sonrisilla al decirle “ey, pasa una buena noche con tu familia, que te vaya bien y esas cosas” me doy con un canto en los dientes. Porque creo que hace bastante ilusión que se acuerden de uno y que de verdad le deseen lo mejor.

Así que si tu eres de los míos dale un rato al guasap. La sonrisa para los demás también lo será para ti, y eso sí ilusiona.

El último chotis

Los días lluviosos en noviembre parecen tristes. Estamos en noviembre, llueve, y además es un día triste. Hoy se acaba una era. Y me explico:

Todos soñamos de pequeños con ser algo de mayor. A algunos se nos pasa por la cabeza eso de subirnos a un escenario y hacer música. Los menos acabamos sacando algún que otro disco, sonando en la radio y girando de conciertos. Y sólo algunos muy pocos consiguen vivir de ese sueño y hacerlo su vida.

El paso verdaderamente difícil es el último. Somos más los que nos quedamos en el camino, pero es que el camino es muy largo, y por ese camino se pueden hacer muchos amigos. Y no tengo ninguna duda de que Jaime, Mon y Beris, los tres que son ochentaycuatro, hicieron muchos. Pero las tres piedras en oblicuo decidieron que su camino juntos había de acabar, y su camino en la música también.

Ese es el fin de la era.

Y no pasa nada ¿eh? Todo se acaba, y todo sigue; mañana será otro día. Pero hoy más de uno y más de una echará una lagrimita mientras canta canciones que ya nunca más cantará en un concierto.

Sigo siendo idiota.

Todos los años, mientras friego o hago alguna otra actividad anodina, me viene a la mente algo que me pasó hace un par de años, o hace un tiempo e invariablemente me digo: “Que idiota fui”. Cada año va cambiando, pero lo típico: Con quince lo mal que lo hice al pedirle salir a esa chica, con dieciocho lo tonto que pude ser en esa fiesta. Con veinte lo bien que me habría valido aplicarme un poco más en los exámenes. Con veinticinco…¡bah! Así puedo empezar y no parar.

Que idiota fui. Y lo peor es que todos los años me pasa.

En conclusión: Sigo siendo idiota.

Querida P

Querida P:

Te diría que no sufrieras, pero en este caso si tienes que sufrir. Está muy bien ser de cabeza, pero no podemos olvidar el corazón. Al final todo pasa.

Lo tuyo no es nada nuevo, a todos nos ha pasado alguna vez y poco podemos hacer. Sé que te sientes impotente, y eso es lo peor, saber que no puedes hacer nada para que mejore, que no es no y punto.

Duele, si. Y tardará en pasar, también. Pero insisto: pasa. ¿Acaso no recuerdas cuando de pequeña te quedaste sin juguete porque no era tuyo? ¿De más mayor no te dieron a probar algo y te quedaste con ganas de más? Pues es un poco como eso.

Ya encontrarás algo para ti y sonreirás día a día porque, P, lo otro no era más que una invención, un ideal que no pudo ser. Lo bueno se hace poco a poco y aparece cuando menos lo esperas.

Un beso, P.

Las fotos

Yo no pongo en duda los premios de fotografía, a Cartier-Bresson, Cappa y compañía. Reconozco que me pierden las Nikon, y que no tengo ni idea de cómo usar photoshop. Pero a mi todo eso no me hace falta.

A mi una vez me enseñaron que las mejores fotos son las mentales, esas que siempre salen bien, que con el tiempo se ponen algo borrosas, y que si las miras mucho hasta te recuerdan olores.

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Listen to the music

Este país mejoraría si la signatura de música estuviera bien planteada. Me explico:

¿Alguien se acuerda de sus libros de música del cole? Lo único que recuerdo era que se tocaba la flauta, te enseñaban rudimentos de lectura musical (pero no pocos se apuntaban las notas “con letra” debajo, vamos, que no leías partituras), y que hacías un trabajo sobre una época musical de la que apenas volví a oír hablar.¡Ah! Recuerdo perfectamente la disposición de los instrumentos de una orquesta.

Pero también recuerdo que mis libros hablaban de los Beatles, de Dizzy Gillespie y de otros musicazos más cercanos, y también más apetecibles, que Mozart y compañía. Y ningún profesor me habló de ellos. Paradójicamente tampoco recuerdo que ningún profesor me pusiera música en clase de eso, música, a excepción de el ejemplo de la cancioncita a tocar con la flauta, que lo de tocarla era cosa alumnos, claro.

Todo esto lleva, en mi opinión, a que la gente no tenga ni idea de música. Y su única cultura musical sea la que tenga cercana: la que se oye en casa, por ejemplo. Y si en su casa se oye sólo la radio, pues el españolito de turno apreciará lo que le ponen por la radio.

Luego resulta sorprendente que los bebekás y demás festivales lo peten. Venden entradas a cascoporro y programan a grupos que jamás sonarán en la radio o la tele. Con suerte de fondo en algún anuncio. Pero oye, mira si hay festivales. La cosa no irá mal.

Error. Esa gente es minoría.

Todos esos que rebuscan, que no escuchan lo de siempre, que se plantean cosas nuevas porque, creo, tienen un criterio musical diferente, basado en una educación previa no son-somos-la mayoría de este país. Y creo que esa es la gente que, además de la música, puede plantearse otras cosas, como un cambio político.

Por contra, el españolito que sigue escuchando los cuarenta principenes y demás, con sus carreras y estudios ¿eh?, seguirá tragando lo de siempre, creyendo lo que le dicen, y votando sin mayor miramiento.

Quizá en la música esté el cambio. Y si no, pues no.

Sienna Miller

La verdad es que no se muy bien quién es Sienna Miller, pero me gusta lo que dice:

” Creo que esto es lo más importante que he aprendido recientemente: que no importo. Nada importa. Es una especie de alivio. ¿No he conseguido ese trabajo? No importa. Sea lo que sea que logre, o que no logre, será olvidado, no es importante. Lo importante es ser amable, ser bueno, ser feliz y ser amado”.

Al final, como dice uno de mis tatuajes: La vida sigue.

 

P.D. Vuelvo a escribir.