Verano traidor

Verano traidor que nos engañas con tus rayos de sol y nos embelesas con piernas largas y morenas. Nos atontas con días largos y noches cortas, promesas de descanso, fiesta y desconexión.

Amor de verano, que es lo que eres, vienes, nos distraes, y te vas por dónde has venido, dejándonos con el otoño, el cole y la ropa larga.

Pero qué te voy a decir yo si cuando vienes por San Juan ya te empiezas a acabar. Pues de necios es no saber que la noche más corta del año es la puerta de las siguientes cada vez más largas.

Al menos tú, romance traicionero, vuelves todos los años.

 

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Listen to the music

Este país mejoraría si la signatura de música estuviera bien planteada. Me explico:

¿Alguien se acuerda de sus libros de música del cole? Lo único que recuerdo era que se tocaba la flauta, te enseñaban rudimentos de lectura musical (pero no pocos se apuntaban las notas “con letra” debajo, vamos, que no leías partituras), y que hacías un trabajo sobre una época musical de la que apenas volví a oír hablar.¡Ah! Recuerdo perfectamente la disposición de los instrumentos de una orquesta.

Pero también recuerdo que mis libros hablaban de los Beatles, de Dizzy Gillespie y de otros musicazos más cercanos, y también más apetecibles, que Mozart y compañía. Y ningún profesor me habló de ellos. Paradójicamente tampoco recuerdo que ningún profesor me pusiera música en clase de eso, música, a excepción de el ejemplo de la cancioncita a tocar con la flauta, que lo de tocarla era cosa alumnos, claro.

Todo esto lleva, en mi opinión, a que la gente no tenga ni idea de música. Y su única cultura musical sea la que tenga cercana: la que se oye en casa, por ejemplo. Y si en su casa se oye sólo la radio, pues el españolito de turno apreciará lo que le ponen por la radio.

Luego resulta sorprendente que los bebekás y demás festivales lo peten. Venden entradas a cascoporro y programan a grupos que jamás sonarán en la radio o la tele. Con suerte de fondo en algún anuncio. Pero oye, mira si hay festivales. La cosa no irá mal.

Error. Esa gente es minoría.

Todos esos que rebuscan, que no escuchan lo de siempre, que se plantean cosas nuevas porque, creo, tienen un criterio musical diferente, basado en una educación previa no son-somos-la mayoría de este país. Y creo que esa es la gente que, además de la música, puede plantearse otras cosas, como un cambio político.

Por contra, el españolito que sigue escuchando los cuarenta principenes y demás, con sus carreras y estudios ¿eh?, seguirá tragando lo de siempre, creyendo lo que le dicen, y votando sin mayor miramiento.

Quizá en la música esté el cambio. Y si no, pues no.

Es lo mismo, pero distinto.

El último recuerdo que tengo de ti, el único que guardo casi, somos nosotros hablando en ese hall de hormigón gris que tenía nuestra facultad. Viniste a saludarme mientras yo miraba unas notas de un examen que con suerte aprobaría por los pelos. Luego vino el otro a decirme medio-en-broma-medio-en-serio que qué puta lotería me había tocado con lo de ser un rockstar, que no tenía que hacer nada para que me vinieran a hablar las chicas como tú, las que hacían levantar la vista a los jugadores de mus del pasillo. Pero yo nunca he sido de eso. Mírame, hasta hace un rato ni siquiera tenía tu número de teléfono.

Y ahora me vuelves a saludar otra vez mientras miraba algo, y esta vez sonreímos los dos porque parece que no ha pasado el tiempo. O mejor aún, porque incluso habiendo pasado ahí estamos, casi como aquella vez en el hall. Es lo mismo, pero distinto.

84

La primera vez que me llamaron para tocar con ellos les contesté con un grosero “¿cuanto voy a cobrar?” y resultó que en ese concierto cobré más de lo que nunca hasta entonces había cobrado. Lo que no sabía cuando cogí la llamada es que lo que me iban a acabar pagando no podría contarse ni con todos los billetes del mundo.

Vale que lo mío siempre fueron los Pitovnis, que son como los hermanos chicos que no tuve, pero Jaime, Mon y Beris acabaron con el tiempo convirtiéndose en esos primos con los que siempre te lo pasas tan bien. Ellos me llevaron de gira por Sudamérica y sólo la luna sabe las buenas juergas que también nos hemos corrido después de ochentaycuatro conciertos en la parte de atrás. Pero un día decidí que mi camino no estaba ni con los Pitovnis ni con ellos, que la batería y el rockandroll no eran para mí y que el cuento tenía que llegar a su fin.

El caso es que desde entonces les ha tocado trabajar duro, pero el resultado ha sido espectacular. Ellos si saben contar historias, no como yo, y además las cantan que da gusto. Han sacado un tercer disco maravilloso y se han hecho mayores. En él dicen de todo: Que después de ti no hay nada, pero que ahora estás mejor que cuando estaba yo; que hagas las cosas como si fueras a morir, que eso que haces con cualquiera acabará siendo un error porque tu Varcelona se escribe con uve.  O que se me cae el pelo cada vez que te veo de lo guapa que eres, porque estás conmigo, YO, simplemente yo. Hasta dicen que no te preocupes, que no pasa nada.

Pero si que pasa. Lo que me pasa es que no puedo evitar acordarme de lo mucho que disfruté siendo “el mejor paraguas para las inclemencias del tempo”.

Que lo disfruten: