Hasta a vista, baby.

No nos gusta despedirnos. Y mira que hay despedidas y despedidas, pero casi ninguna nos gusta.

Tienes al ligón nocturno, que se despide triunfador pero sabe que por ahora se le acaba el mambo. Es casi como esa parejita que acaba de conocerse y que apenas acaban de quedar, que se despiden a la luz de una farola, protegidos por el quicio de un portal, y al separarse cuentan las horas para el próximo encuentro, o directamente le roban horas al sueño para alargar la despedida, que acaba pidiendo un bis.

Otras despedidas son más intermedias: La de esa persona que fuiste a visitar al extranjero con la que al decir adiós piensas “otra vez será”, o los adiós que son como un billete con la vuelta abierta, en los que ya veremos cuando volvemos. A veces decir adiós es una auténtica liberación, sólo que cuesta darse cuenta.

Nos gusta tan poco despedirnos que a veces hasta hacemos mutis por el foro y el silencio de radio se convierte en una despedida implícita. Unas veces será por cobardía, otras simplemente por evitar el mal trago de convertir un quizá-ya si eso-el tiempo dirá, en un adiós que pincha como las agujas de tatuar, porque también marca.

Pero es de caballeros el decir adiós, como de escritores cerrar historias, y no dejar a nadie colgado con ese piii monofónico de los teléfonos fijos que ya ni usamos, porque sólo el sabe decir bien adiós es capaz de volver a decir hola sin miedo.

Au revoir, farewell, auf wiedersehen, goodbye!

 

pic_headphone_165Hello, goodbye– The Beatles

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