pantalla

¿Qué es lo que pita ahora? Y no se si es el whats, el feisbuk, el skaip, pero ahí estás. Me preguntas que qué tal, o que te diga algo y te entretenga. Yo te cuento mis movidas, alguna tontería. Que maravilla esto de las telecomunicaciones.

¿Maravilla? A veces no se si es genial o es horroroso. Es contigo y a la vez sin tí. Eres tú, pero no estás aquí. ¿Qué cara pones cuando te digo que te quiero ver? Sólo te puedo ver temblar el cursor, que lo hace siempre y con todos, y no tu voz; no se si sonríes o prefieres mirar a otro lado. Pero aun así estamos hablando ¿no? No, estamos escribiendo.

Pero llegará el día que te vea, que quizá descubra si hueles a ti, o simplemente no hueles, si eres más, o menos, de lo que tus palabras prometen. Pero hoy, hoy eres sólo una pantalla que parpadea, un zumbido del teléfono, un mensaje que estoy ansioso por leer, y yo me estoy quedando dormido y teclearte me sabe a poco.

 

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El muro de Berlín

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Al principio no eran más que unos cascotes lo que los separaban, cuando todavía la gente se saludaba de un lado a otro, luego empezaron con las alambradas de espino, las paredes cada vez más altas, y cuando se quisieron dar cuenta tenían un muro de casi cuatro metros de alto.

Con el tiempo se acabaron olvidando de él, lo llenaron de pintadas e hicieron como si no estuviera ahí. Pero ya no sabían nada de la gente del otro lado. Era el muro de Berlín. Ahora parte de  ese muro está en Madrid, en un parque, y también entre tú y yo.

El de hormigón tardó décadas en caer, pero cuando lo hizo montaron una buena juerga.

¡Adios pingüino!

Se acaba la fiesta, tu enciendes las luces y me toca a mi decirte adiós.

Por fin he comprendido que lo nuestro no fue más que una noche de pasión, un romance puntual que no funcionó. O de hecho si funcionó, lo que no funcionó fue la relación de pareja que apenas llegó a empezar. Ese fue el problema, que los círculos se cierran, pero preferí pensar que este aún estaba por terminar. Y no.

Te volvería a decir esas cosas que ya te dije y que nunca terminaste de creer, cómo lo de que habías sido única, que el resto no importaban, que si la reciprocidad y tal, pero ya no importa. Esas cosas son las que conociste y no te harán volver, las que no conociste, las buenas y las malas que se ven con el tiempo, evidentemente tampoco. Creo que lo has intentado, pero es mejor no forzarse, y veo como ahora haces por alejarte.

Así que ya está, llega el momento de despedirme. Después de este romance está visto que no podemos ser amigos. ¿Acaso alguien puede? Quedar a tomar algo y hacer que no pasa nada no va con nosotros. Me ha costado darme cuenta que lo mejor que puedo hacer es dejarte marchar.

“¡Eh! ¡Que no pasa ná!”. Lo que has sido no lo va a cambiar nadie, me quedo con el mejor recuerdo de todos, porque tampoco hubo malos, y sólo me duele pensar que hubo monstruitos que fueron más que yo.

Quizá la vida nos vuelva cruzar, pingüina, quizá.

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Es lo mismo, pero distinto.

El último recuerdo que tengo de ti, el único que guardo casi, somos nosotros hablando en ese hall de hormigón gris que tenía nuestra facultad. Viniste a saludarme mientras yo miraba unas notas de un examen que con suerte aprobaría por los pelos. Luego vino el otro a decirme medio-en-broma-medio-en-serio que qué puta lotería me había tocado con lo de ser un rockstar, que no tenía que hacer nada para que me vinieran a hablar las chicas como tú, las que hacían levantar la vista a los jugadores de mus del pasillo. Pero yo nunca he sido de eso. Mírame, hasta hace un rato ni siquiera tenía tu número de teléfono.

Y ahora me vuelves a saludar otra vez mientras miraba algo, y esta vez sonreímos los dos porque parece que no ha pasado el tiempo. O mejor aún, porque incluso habiendo pasado ahí estamos, casi como aquella vez en el hall. Es lo mismo, pero distinto.

Reciprocidad

Es una palabra feísima, con esas erres tan sonoras, pero su significado es genial. Mucho mejor que el de otras más bonitas como la típica: “amor”. Y es que no hay amor si no hay reciprocidad. Desde las miradas hasta los besos, porque uno no besa bien, son dos los que se besan bien.

La amistad es mejor con reciprocidad, el me acuerdo de ti a la vez que tu te has acordado de mí. Es lo que hace que te vayas de viaje con esas personas con las que casi ni hablas, lo que os hace especiales. Incluso el odio es mejor si es recíproco, porque así son los antagonistas, los héroes y villanos; un odio a medias lleva al desasosiego de no entender y no poder preguntar.

La falta de reciprocidad es mejor que nada, porque es lo normal, el día de día de las relaciones, no como la falta de amor o la falta de cariño que tanto hace sufrir a los corazones románticos; pero su presencia es la que de verdad nos hace sonreír y lo bueno es que no suele ser difícil encontrarla si uno se quita la careta y está dispuesto a ser sincero con quienes le rodean.

Es por lo tanto la igualdad en el sentimiento, en el pensamiento, la profunda o a veces extraña conexión, la que de verdad nos une a algunas personas: en el sopor de la cola del súper, en una sincera pero intermitente amistad, o en el más feliz de los matrimonios.

El club

Le decía esta mañana un amigo a otro que le ayudara a rehacer su vida, que estaba harto de cometer el Error otra vez, que no quería acabar siendo el típico cincuentón que se dedica a llevarse veinteañeras tontitas a casa. El tercero en discordia comentaba que así estamos unos cuantos, y que quizá deberíamos organizar copas los sábados con diferentes grupos de chavalas. Claro, como lo que hacíamos hace ya casi diez años.

¿Será posible? ¿Acaso esta panda de crápulas nos estamos volviendo mayores? Será que ya no nos hace tanta gracia la noche, que cada vez nos apetece más despertar al lado de la misma cara conocida, follar con calma y no casi por compromiso, dar una vuelta por el parque de la mano y decir, y que te digan, un te quiero.

Yo me abstuve de comentar y me fui a sacar al perro. A nadie le hizo falta decir que el problema de este triste club que formamos, nuestro denominador común, es que nunca vamos a encontrar a nadie si no dejamos de buscar al mismo alguien que, por una razón o por otra, ya perdimos hace tiempo.

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La primera vez que me llamaron para tocar con ellos les contesté con un grosero “¿cuanto voy a cobrar?” y resultó que en ese concierto cobré más de lo que nunca hasta entonces había cobrado. Lo que no sabía cuando cogí la llamada es que lo que me iban a acabar pagando no podría contarse ni con todos los billetes del mundo.

Vale que lo mío siempre fueron los Pitovnis, que son como los hermanos chicos que no tuve, pero Jaime, Mon y Beris acabaron con el tiempo convirtiéndose en esos primos con los que siempre te lo pasas tan bien. Ellos me llevaron de gira por Sudamérica y sólo la luna sabe las buenas juergas que también nos hemos corrido después de ochentaycuatro conciertos en la parte de atrás. Pero un día decidí que mi camino no estaba ni con los Pitovnis ni con ellos, que la batería y el rockandroll no eran para mí y que el cuento tenía que llegar a su fin.

El caso es que desde entonces les ha tocado trabajar duro, pero el resultado ha sido espectacular. Ellos si saben contar historias, no como yo, y además las cantan que da gusto. Han sacado un tercer disco maravilloso y se han hecho mayores. En él dicen de todo: Que después de ti no hay nada, pero que ahora estás mejor que cuando estaba yo; que hagas las cosas como si fueras a morir, que eso que haces con cualquiera acabará siendo un error porque tu Varcelona se escribe con uve.  O que se me cae el pelo cada vez que te veo de lo guapa que eres, porque estás conmigo, YO, simplemente yo. Hasta dicen que no te preocupes, que no pasa nada.

Pero si que pasa. Lo que me pasa es que no puedo evitar acordarme de lo mucho que disfruté siendo “el mejor paraguas para las inclemencias del tempo”.

Que lo disfruten:

 

Íker y sara

Lo único que tuvo de especial el beso de Íker y Sara fue que lo vimos por la tele.

Bueno, en realidad eso no es así. Claro que tuvo algo de especial. Pero no más especial que cualquier beso que hayamos podido dar el resto de los mortales. Son esos besos que se hacen de rogar, los que vienen después de una mirada que grita que te acerques. Besos en un portal o a la vista de amigos. Besos que por tu bien más te vale no dejar pasar, porque te vas a arrepentir muy mucho.

Y si nunca te has sentido Íker o Sara, háztelo mirar…