Frío de agosto.

Yo no sé si este mes de agosto está siendo un poco raro o el raro soy yo. Madrid está tan vacía como siempre, con las calles silenciosas. Vamos a dejarlo en que está enrarecido. Será porque no siempre hace ese calor agobiante típico, el que me lleva a noches lejanas cogiendo el búho para volver de alguna juerga, asado y en manga corta. En estos días corre brisilla, soplada de un cielo nublado, y no puedo evitar pensar que ya queda poco para volver al cole, porque así recuerdo yo los días de septiembre, con zapatos nuevos y libros vírgenes. Pero claro, ya no hay vuelta al cole, ni amigos que hace casi tres meses que no ves.

Eso me trae a la memoria cuando le escribía cartas a la chica que me gustaba. Ella lo sabía, claro, se lo dije yo, pero era tan maja que me contestaba y me contaba lo bien que se lo pasaba en la playa. A día de hoy todavía me contesta cuando le escribo por Facebook, para contarle cualquier tontería, y aunque ya no me guste como antes, sigue siendo una chica muy maja.

La playa. Yo soy de esos que cuando dejó de ir con sus padres, simplemente dejó de ir. Cambiaba mis agostos en el mar por una fresquita biblioteca, o por hacer el indio en un campamento una quincena antes. Será que nunca fui un estudiante cumplidor. Eso no ha cambiado mucho, pero la foto de la biblioteca no queda bien en instagram ¿sabes?. Ahora, sería injusto negar que he vuelto a la playa gracias a alguna chica-novia-pero que ya no es lo mismo que de crío. Ponerme una camiseta y una gorra no me gusta, y me hace más gracia un polo viejuno y un sombrero de paja. ¡Joder, así recuerdo a mi abuelo en la playa! Sin embargo sigo deseando unas cangrejeras, pero no hay manera.

Aunque en realidad las cangrejeras son más de río y piedras ¿no?. Más para el pueblo. Y es que parece que lo de ir pueblo en verano ya no mola, que eso es de catetos. Pero yo nunca tuve pueblo, pues soy gato, y lo más parecido a eso era Cebreros, famoso por ser el lugar de nacimiento de Adolfo Suarez y donde aprendí yo a andar. Ahora que lo pienso, allí en agosto si que hacía fresco por las noches, y ya que sigo pensando, también entiendo por qué no mola lo de ir al pueblo. Eso molaba cuando era un crío, cuando me asalvajaba 24-7 y me movía todo el día en bici, creyéndome el puto amo porque mi abuela me había dado llaves de casa para poder entrar y salir a la hora que me diera la gana, cuando la realidad era que me volvía cuando les llegaba la hora de volver al resto de amigos. Lo echo de menos. Las aventuras de crío, el creerte lo que quisieras, ser el policía del barrio o el ninja mejor escondido en el escondite nocturno.

A lo mejor por eso me sigo moviendo en bici en este agosto enrarecido en Madrid. Que no es que esté raro yo, sino que lo que estoy es haciéndome mayor.

Yo soy el de verde. El rifle de juguete era mío y me encantaba.

Yo soy el de verde. El rifle de juguete era mío y me encantaba.

Iván y su foto

Revisando libros antiguos me encontré con una foto que usaba de marcapáginas: Con el parque de Juan Carlos I de fondo, aparecían a lo lejos Iván, con una melena larguísima y los ojos tapados, escoltado por Vicky y Mariola. En la foto tendrían diecisiete o dieciocho años. Se celebraba el cumpleaños de Iván y le íbamos a dar una sorpresa. Por aquella época yo solía llevar mi Nikon-de carrete- encima casi siempre.

De Vicky hace años que no se mucho más que lo poco que dice su Facebook. Mariola sigue tan risueña como siempre y se casó hace unas semanas. A Iván tengo la suerte de verle todos los fines de semana en La Cocina. El pone luz a mis sesiones, y fue al acabar la sesión del otro día cuando le di la foto.

Ví cómo sus recuerdos le dibujaban las facciones. Contemplaba la instantánea serio, sin saber que decir.

Quizá recordó lo que le regalamos, si es que fue algo más que nuestra presencia, o quizá pensó en Vicky, quien fuera su novia. Puede que pensara lo fácil que era nuestra vida entonces, visto en perspectiva, claro, o lo mucho que le costó dejarse el pelo tan largo.

Recuerdos, nostalgia, esas mierdas que nos gustan tanto y que lo mismo nos hacen soltar lagrimillas que esbozar sonrisas picaronas. Cosas que ya no existen más que en la memoria de unos pocos.

Ojo, que esta es época de limpiar armarios  y de ahí salen recuerdos, pequeños objetos inservibles que coleccionamos como copia de seguridad de nuestra memoria, como hitos de búsqueda en nuestro historial de sucesos vitales. Recicla o rebota.

Stairway to Heaven

John Bonham murió por accidente. Después de beber mucho más vodka del que pudiéramos imaginar se quedó dormido y se ahogó en su propio vómito.

Ese día estaba muy triste, depresión quizá, y mientras conducía el coche para ir a ensayar, a John Paul Jones, el bajista, sentado el el sitio del copiloto, le decía: “Estoy harto de tocar la batería, todo el mundo lo hace mejor que yo”. Después de arrancar el parasol siguió “¿Sabes qué? Cuando lleguemos al ensayo tu tocas la batería y yo canto”.

Paradójico.

John Henry Bonham, baterista de Led Zeppelin, leyenda del rock y uno de los bateristas más influyentes del siglo XX.

La ilusión. ¡Escribe!

A muchos ya nos da bastante igual lo de la Navidad. Ni arbolitos, ni regalos, ni mucho menos viejos cuentos de recién nacidos sospechosamente parecidos a  otros cuentos aun mas viejos.

Para mi esto de la Navidad no es más que algo de ilusión. Y ya me hace más bien poca. Así que la poca que tengo la regalo en forma de mensajitos. Si a alguien le saco una sonrisilla al decirle “ey, pasa una buena noche con tu familia, que te vaya bien y esas cosas” me doy con un canto en los dientes. Porque creo que hace bastante ilusión que se acuerden de uno y que de verdad le deseen lo mejor.

Así que si tu eres de los míos dale un rato al guasap. La sonrisa para los demás también lo será para ti, y eso sí ilusiona.

El último chotis

Los días lluviosos en noviembre parecen tristes. Estamos en noviembre, llueve, y además es un día triste. Hoy se acaba una era. Y me explico:

Todos soñamos de pequeños con ser algo de mayor. A algunos se nos pasa por la cabeza eso de subirnos a un escenario y hacer música. Los menos acabamos sacando algún que otro disco, sonando en la radio y girando de conciertos. Y sólo algunos muy pocos consiguen vivir de ese sueño y hacerlo su vida.

El paso verdaderamente difícil es el último. Somos más los que nos quedamos en el camino, pero es que el camino es muy largo, y por ese camino se pueden hacer muchos amigos. Y no tengo ninguna duda de que Jaime, Mon y Beris, los tres que son ochentaycuatro, hicieron muchos. Pero las tres piedras en oblicuo decidieron que su camino juntos había de acabar, y su camino en la música también.

Ese es el fin de la era.

Y no pasa nada ¿eh? Todo se acaba, y todo sigue; mañana será otro día. Pero hoy más de uno y más de una echará una lagrimita mientras canta canciones que ya nunca más cantará en un concierto.

Sigo siendo idiota.

Todos los años, mientras friego o hago alguna otra actividad anodina, me viene a la mente algo que me pasó hace un par de años, o hace un tiempo e invariablemente me digo: “Que idiota fui”. Cada año va cambiando, pero lo típico: Con quince lo mal que lo hice al pedirle salir a esa chica, con dieciocho lo tonto que pude ser en esa fiesta. Con veinte lo bien que me habría valido aplicarme un poco más en los exámenes. Con veinticinco…¡bah! Así puedo empezar y no parar.

Que idiota fui. Y lo peor es que todos los años me pasa.

En conclusión: Sigo siendo idiota.